The Exorcist (1973)

The Exorcist (1973)

escrita por William Peter Blatty, basada en su novela

dirijida por William Friedkin

Calificación: 3.5 / 4 – Muy buena

En el año 2000, por amplio margen de votación, The Exorcist fue nombrada la película más aterradora de la historia. Y yo estoy de acuerdo. Quizás ya no es la película que más te haría saltar de tu asiento con sustos sorpresivos. Aunque aún lo logra. Pero sí te aterra de una forma más perturbadora.

La primera vez que la vi fue precisamente en el año 2000, en el cine, en un relanzamiento que hizo Warner Brothers. La película me asustó, pero sobre todo me impactó por su atrevimiento. The Exorcist tiene escenas que ningún director con ánimos de éxito comercial se atrevería a grabar o filmar hoy.

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¡El poder de Cristo te ordena!

¿Ejemplo? La niña – la protagonista – hace cosas como masturbarse con un crucifijo (lo que equivaldría a que el demonio que la posee la está violando) hasta romperse la vajina; y luego toma a la mamá por la cabeza para embadurnarle la cara con la sangre que sale de su ahora órgano herido. Esto es algo brutal, incómodo, escalofriante y creo que irrepetible. Algo que podía hacerse en los setenta, pero no ahora. Salí de la sala pensando, ¡Esta gente sí fue audaz! Más nunca se hará algo así. Lo mejor es que los shocks en The Exorcist no son gratuitos. Escenas como la del crucifijo tienen sentido y significado dentro de la película.

La segunda vez que la vi fue hace un par de semanas, en mi casa. Me volvió a asustar y me impresionó otra vez con su atrevimiento. Pero esta vez me ocurrió algo más: me identifiqué profundamente con la angustia de la madre. En el 2000 no tenía hijos. Ahora tengo una niña de 9 años… una hermosa e inteligente chica epiléptica, que sufre horrendas convulsiones unas seis veces al mes. Pero sobre esto comento más adelante.

En The Exorcist, Regan (Linda Blair), una dulce niña de 12 años, comienza a desarrollar un comportamiento agresivo y autodestructivo. La madre, Chris (Ellen Burstyn), exitosa y divorciada actriz de cine, busca ayuda en la medicina moderna, pero todo un equipo interdisciplinario de médicos se rinde ante el caso. Regan empeora rápidamente. Ya no se trata sólo de agresividad hacia ella misma o cualquiera que se le acerque. Ahora comienzan a ocurrir cosas que rayan en lo sobrenatural. Atada a su cama, Regan mueve su cara y su cuerpo de formas que nadie podría lograr a voluntad. Su voz cambia. Su cama salta. Su habitación se enfría. La madre, desesperada y siguiendo el consejo de los mismos médicos, busca ayuda en la Iglesia Católica. Más específicamente, pide y consigue que le hagan un exorcismo a su hija. Es en este punto donde se desencadena lo que quizás es la más arriesgada, angustiante y aterradora batalla entre “el bien” y “el mal” que jamás se haya filmado.

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Ellen Burstyn como Christine MacNeil.

The Exorcist no es sólo una vieja película de terror. Es una obra que se conserva vigente. Y si no te quedas en lo superficial (recuerda que los mejores efectos especiales de hoy serán chistosos mañana), si entiendes lo que mueve a los personajes, The Exorcist te impresionará. El terror aquí es sólo un vehículo, no el paquete que se quiere entregar.

A continuación, comento algunos aspectos que pueden extraerse de The Exorcist que van más allá de la mera intención aterradora. Por supuesto, no se trata de un compendio exhaustivo y objetivo. Es sólo mi lista personal.

The Exorcist y la historia:

La película se basa, sobre todo, en el caso real de un exorcismo practicado en 1949 a un niño de catorce años. El director, William Friedkin, y el guionista, William Peter Blatty, insisten en que todo lo que se ve en la película está reportado por testigos de ese y otros exorcismos. Pero la verdad es que las “evidencias” sobre el tema son sólo anecdóticas. Como diría Carl Sagan, “Afirmaciones espectaculares requieren pruebas espectaculares”, y las anécdotas no alcanzan para ello. Pero ésto no afecta la calidad de la película.

 – The Exorcist y los efectos especiales:

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El demonio Pazuzu aparece.

The Exorcist tiene un problema. El mismo que tiene y tendrá toda película que se apoye mucho en los mejores avances técnicos del momento. En los años setenta, ya se sentían graciosas las películas que con sus maquillajes y efectos especiales causaban terror cuarenta años antes, como la más famosa versión de Frankenstein, la de James Whales de 1931. Al igual que pasó con The Exorcist en 1973, hubo gente que salió histérica de las salas de cine. Hoy, cuatro décadas después del estreno de The Exorcist, algunos de sus efectos especiales se sienten un tanto cómicos. La cama que se levanta, el cuello que gira 180 grados, la lengua reptiliana, la levitación y el maquillaje diabólico, ya no son tan efectivos. Pero lo contundente de la historia, las actuaciones, la dirección, siguen funcionando.

The Exorcist, la fe y la ciencia médica:

En The Exorcist, cuando Regan comienza a manifestar síntomas de que algo no anda bien en su cabeza (inadaptación de preadolescente cuyos padres se han separado… podríamos pensar a esas alturas), la madre la lleva al médico. Luego de las primeras consultas, unos exámenes poco invasivos, el doctor le receta una droga a la niña y le dice a la mamá que no se preocupe. Esta hace la pregunta más básica e inteligente que una madre puede hacer en esos casos: “¿Cómo?”. Una de esas situaciones en las que los médicos, quizás en un honesto pero superficial intento de tranquilizarte, sólo muestran una total falta de empatía.

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William Friedkin dirije a Robert Symonds y Linda Blair.

La niña no mejora. Cuando la madre le cuenta a los médicos lo que pasa con Regan en casa, ellos le hablan de epilepsia. Someten a Regan a más exámenes, cada vez más horrendos. Hasta que, ante las súplicas y casi histeria de la madre (puesto que en el hospital Regan no manifiesta todos los síntomas), el doctor a cargo del caso decide visitarlas a su hogar y es testigo de lo que realmente está pasando. Regan ataca al doctor con fuerza sobrehumana. OK… ahora los médicos saben que esto va más allá de su alcance. No puede tratarse sólo de convulsiones o de inadaptación de preadolescente. Le recomiendan a la madre agnóstica que le haga un exorcismo a su hija. La ciencia se rinde y lo disimula diciendo que no es el exorcismo como tal lo que curará a Regan, sino la sugestión mental que brinda el mismo.

The Exorcist es una crítica a la medicina occidental moderna, donde muchos médicos no se atreven a involucrarse con sus pacientes, a tratarlos a ellos en lugar de a la enfermedad, o a escuchar a los padres, quienes son los mejores jueces en cuanto a sus hijos. Pero también es una crítica a la Iglesia Católica. Hay una parte fascinante de la película en la que el Padre Carras (Jason Miller), el primero que trata de ayudar a Regan (después de él vendrá el verdadero exorcista), hace una prueba: rocía a Regan con agua “bendita”, ante lo cual la niña (o quizás el demonio dentro de ella) reacciona con terror y violencia, gritando que le quema. Pero después el Padre nos informa que en realidad el agua no estaba bendecida, por lo que la Iglesia descartará el caso y no autorizará el exorcismo. Es decir, el cura lleva a cabo un “experimento” con control de variables para determinar si la posesión es real. La Iglesia ha recurrido al método científico y la herramienta usada fue… agua “bendita.” ¡Uau! Absurdo, y sin embargo, así es como sucede en la realidad.

A fin de cuentas, lo que ayudará a Regan no es la ciencia ni la religión. Las dos resultarán inútiles en el caso. La salvará la capacidad de autosacrificio de un ser humano, el Padre Carras. Un representante de la Iglesia, que quizás ha dejado de creer en la institución, pero no ha perdido su deseo de ayudar al prójimo. Él se convierte en el héroe de la historia.

The Exorcist y la vida:

Mi hija sufre de convulsiones del tipo conocido como “gran mal”. Pareciera que algo se mete en ella y se apodera de su cuerpo. Sé que no es un problema espiritual, sino neurológico, que en el caso de ella no se ha podido controlar (en la mayoría de los casos las drogas antiepilépticas ayudan… pero ella no ha tenido esa suerte).

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La posesión.

Sé lo que es haber pasado meses viendo a mi hija transformarse de vez en cuando en algo que no era ella, sin que nadie pudiese explicarme con propiedad qué era lo que estaba pasando. Tardaron tres meses en diagnosticarla con “sólo” epilepsia, y los exámenes por los que tuvo y aún tiene que pasar no son nada divertidos.

No me extraña que, durante siglos, los epilépticos con gran mal fuesen víctimas de “cacerías de brujas”. Cada vez que mi hija sufre convulsiones, su rostro se deforma como si alguien tirara de sus músculos con alambres invisibles. Sus ojos giran hacia arriba. Sus extremidades se endurecen y tiemblan de una forma casi inexplicable.

Todo esto: ser padre, los ataques de mi hija, ver como los médicos no pueden ayudar y además ni siquiera entienden la situación por la que pasas, me hizo identificarme con la madre de Regan y apreciar el sufrimiento por el que pasé viendo la película. Creo que todo padre (y supongo que aún más una madre) debe ver The Exorcist. De inmediato se colocará en la posición de Chris. Pero no es requisito tener un hijo (epilético o no) para “disfrutar” de ella.

Si no las visto… házlo ya. Si ya la viste… házlo otra vez. Encontrarás en tu segunda visita a The Exorcist mucho más que una buena película de terror. Es una historia sobre fe, pero no sobre fe cristiana o en ninguna otra religión. Es fe en que el bien debe triunfar sobre el mal. En que a veces hay que hacer lo correcto… aunque nos cueste la vida.

Rogelio Rodríguez

 

 

 

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